La necesidad humana de pre[ser]var la cultura, lo que amamos, es un reflejo de nuestra vulnerabilidad, una manifestación del deseo de trascender el paso del tiempo y el destino compartido de la mortalidad.

El canto de Orfeo no busca solo recuperar a Eurídice, sino desafiar a la muerte misma. Es el gesto humano por excelencia: convertir el dolor en memoria, el amor en arte y la pérdida en un intento de permanencia. Pre[ser]var lo que amamos, como Orfeo con su música, es nuestra forma de resistir al olvido, de convertir lo efímero en eterno y enfrentarnos, con belleza, a nuestra  fragilidad.


Hoy la práctica de fotografiar todo aquello que necesitamos recordar es un acto instantáneo. La posesión es, según Walter Benjamin, <<la relación más profunda que se puede tener con las cosas>>.


Pero, ¿por qué lo hacemos? ¿por qué el ser humano siente la necesidad de pre[ser]varlo todo, de dejar huella, de mostrar lo que es bello, lo que es raro, lo que es único?


Quizá lo hacemos porque sabemos que todo se desvanece. Que la experiencia, sin huella, desaparece. Que la belleza, si no se comparte, se pierde. Por eso fotografiamos, escribimos, cantamos y pintamos. Por eso llenamos teatros, ocupamos plazas, abrimos libros y construimos archivos. Por eso la cultura no se puede entender sin sus espacios.


Sabemos que el arte es el arte y sus espacios. Y que el vínculo entre arte y espacio se define a través de la experiencia vivida de un lugar y su contexto cultural. 

Ese vínculo describe la figura del comisario como el vínculo invisible que conecta al artista con la audiencia.


El siguiente pasaje corresponde a un extracto de la tesis doctoral: 

La experiencia expositiva. Arquitectura y comisariado. Andrea Merchán