No se trata de mirar, sino de entrar y soñar. Le Corbusier, ya en 1948, intuyó esta mutación. Un cubo sin nada, que sin embargo, lo contiene todo. “El interior del cubo está vacío, pero el espíritu inventivo va a llenarlo con todos los sueños que puedan ser soñados”.
El aura del espacio expositivo ha muerto. La época de las prisas, mata cualquier “contemplación”. Y es que la realidad se descompone en fotogramas, en una veloz y vertiginosa sucesión de imágenes. El museo, concebido como espacio físico, archivo y templo de memoria, deja de ser un mero contenedor, para convertirse en un icono de masas. Ahora es una superficie de proyección, donde lo contemplativo deja paso a lo espectacular y la experiencia se convierte en contenido de consumo.
Con la modernidad, la experiencia expositiva quiso convertirse en un contenedor neutral:
El cubo blanco. El color blanco es símbolo inaudito de la modernidad. El cubo es un espacio de contemplación neutral. Despojado y sin historia. Luz blanca. Silencio desvanecido.
Con la contemporaneidad, la experiencia expositiva quiere convertirse en un entorno virtual: La caja negra. El negro es símbolo de contemporaneidad. La caja es un espacio de inmersión activa. Cargado y con memoria. Oscuridad negra. Sonido envolvente.
El cubo blanco condiciona la mirada, la caja negra la absorbe. La luz en el cubo blanco revela, mientras en la caja negra envuelve. La luz en el cubo blanco se dirige al objeto para desvelar el sólido, la obra de arte. En la caja negra la luz no se dirige a ningún objeto, sino que gira sobre sí, el campo de visión es expandido, como ya lo definía Herbert Bayer, lo visual ya no se encierra en los límites, sino que se extiende al espacio arquitectónico, al cuerpo del espectador. La mirada se convierte en un dispositivo, en un montaje perceptivo, en una cámara que capta cada fotograma. La experiencia se convierte en una rueda de luz, donde el tiempo se pliega sobre sí mismo.
Y es que ya no estamos en la caverna, sino en un mundo panóptico, donde lo inmersivo sale a la ciudad. Si algo hemos aprendido de las Vegas, es a llorar con lágrimas de cristal, porque lo inmersivo ya no es un delirio.Porque el templo de las musas, hoy en día puede considerarse un parque de atracciones, porque el museo actualmente no alberga ya objetos, sino narraciones y ficciones .
Hoy en la transición del cubo blanco a la caja negra, de la sala de exposiciones al espacio escénico y sensorial, recuperamos la intuición de Le Corbusier, donde el espacio vacío ya no es neutral, donde el cubo puede ser una nube, donde ya no basta mirar, sino soñar. Tal vez este sueño, es una paradoja: cuanto más se busca intensificar la experiencia, más se diluye el sentido del arte. Pasamos de ser contempladores a usuarios, en lugar del aura, como el aire contenido en Las Meninas de Velázquez, reina el fuego, la acción, la simulación.
Porque en el afán de potenciar la experiencia, corremos el riesgo de vaciar su sentido. Por eso, es imprescindible encontrar un equilibrio: necesitamos el cubo blanco de Apolo, con su claridad y orden, pero también la cabeza de Medusa, que aporta misterio y profundidad. El reto del comisariado contemporáneo es preguntarse qué tipo de espectadores producen sus exposiciones. Consiste en formar audiencias activas, capaces de implicarse y no solo consumir.
Y es que , en la caja de milagros, no se trata de mirar, sino de entrar y…
El siguiente pasaje corresponde a un extracto de la tesis doctoral:
La experiencia expositiva. Arquitectura y comisariado. Andrea Merchán